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Vértigo y neurosis: Desde el fin de la reflexión hacia la delgadez de la memoria - Mariano Barona
La eliminación de la función crítica del pensamiento en la sociedad industrializada, planteada por Theodor Adorno, se podría sustentar como necesaria para anular la reflexión, evitando así los estados de conflicto posibles al interno de una estructura social que habiendo resuelto sus necesidades de subsistencia es capaz de dedicar tiempo y energías a reflexionar sobre sus crispaciones. Adorno determina la lógica que dirige tal reflexión al considerar que la actual civilización técnica surgida del espíritu de la Ilustración -y de su concepto de razón- persigue como único fin el progreso técnico, lo que implica el dominio racional sobre la naturaleza y paralelamente un dominio (irracional) sobre el hombre. Partiendo de este razonamiento se puede plantear las raíces de un nuevo conflicto (quizás lo debería hablar mejor, de una necesidad) que esa misma sociedad ha enfrentado en el paso de las décadas: La eliminación de la memoria.
Si la función reflexiva es aquella que nos permite ser sujetos del acto de selección, es la memoria quien la hace posible. Mientras esta exista, aquella será siempre una posibilidad de la mente.
El bombardeo de novedad se ha demostrado una metodología importante para alcanzar este objetivo, generando también una estrategia de resistencia como demuestran las reflexiones de Jean Baudrillard sobre el apaciguamiento de toda rebelión por medio de la amplificación de sus aspectos negativos, la desmaterialización de la realidad, y su defensa del derecho a la desinformación ante el antagonismo que descubre entre información y conocimiento en la sociedad contemporánea.
Obviamente es más difícil generar interés hacia un objeto poco atrayente que hacia uno deseado. Más fácil exacerbar una tendencia que un bloqueo. La creación de novedad es una característica de occidente. Basta echar una ojeada a la historia para recordar que la inmensa mayoría de los inventos humanos en los últimos dos mil años han nacido en occidente o por lo menos han logrado en él su desarrollo definitivo. Sería interesante conocer las razones sociológicas, culturales o de otra índole que pueden haber dado origen a esta característica. A la minuciosidad asiática, la ductibilidad americana, la fortaleza africana, occidente ha contrapuesto la curiosidad (la ultrageneralización puede ser casi grosera, pero creo también que es arquetípica) y con ella el temperamento adecuado para investigar, desarrollar, inventar.
Sin embargo, la flaqueza de la innovación se encuentra en la angustia disociativa que cada vez más (en gran medida por la velocidad actual de esta) se descubre entre el presente y la memoria. El resultado es una cultura dividida, y como tal, neurótica. Basta mirar a la calle, asomarse a los medios de comunicación, acercarse a los productos culturales. La carrera a la creatividad se ha convertido en una obligación, en un espacio habitual de desasosiego. Y sin embargo es tan sólo un síntoma (aguijonado en los últimos decenios por la programación a la productividad de una sociedad cuya salud económica –base de su modelo de existencia - exige intercambios comerciales constantes y cada vez más frenéticos) sólo un síntoma, repito, de una sociedad angustiada ante el temor de estancarse, de detenerse, de sucumbir. Una sociedad convencida de que su energía (su eterna juventud) depende de su permanente capacidad de moverse, de explorar cada vez un nuevo territorio
El desarrollo permanente de modelos nuevos es connatural a occidente. Una característica que la modernidad y sus rupturas posteriores han aguijoneado casi hasta el paroxismo. Volvamos a Adorno: Si la reflexión viene tácitamente prohibida (O al menos desalentada) ¿Hasta que punto resulta la carrera a la novedad una respuesta natural de un intelecto febril marcado ya desde sus genes por esta misma búsqueda? El resultado centra el objetivo de desviar la atención a otras urgencias. El cambio constante de herramientas y bienes obliga a un continuo aprendizaje. La renovación permanente banaliza el objeto y -por extensión- los referentes, limitando la posibilidad de involucramientos emocionales.
Por otro lado, la relativización de las respuestas, nacida con nuestra comprensión de los límites de todo modelo, lleva a la duda como único espacio habitable. No hablamos ya de duda epistemológica, sino de una desorientación que permea toda la estructura social. Desde ella hemos destruido todos los hitos que puedan marcar nuestro pensamiento ante el temor de que el condicionamiento nacido de estos pueda alejarnos de alguna forma de conocimiento (¿pero es posible la creación de un pensamiento referencialmente virgen?) Hemos matado a Dios, para evitar el temor al castigo superior reservado a quienes se atrevían a cruzar los pilares de Hércules, comer el fruto prohibido o develar el rostro del misterio, que en esencia era lo mismo. Hemos matado a la Historia, para evitar el peso del pasado, para tener derecho a partir cada vez de cero. Hemos desmantelado las Instituciones por obsoletas, anacrónicas o hipócritas. Los Modelos por encorsetadores, la Autoridad por castrante. El Juicio de Valor por marginador. Hemos diseñado a lo largo de tertulias interminables o en asépticos laboratorios (que tienen en común la pretensión de conocer todas las variables) modelos de mundo que no han resultado más eficaces que aquellos que pretendían suplantar, como ha demostrado la caída de los muros, el recalentamiento global, la pauperización del tercer mundo, la angustia existencial de las sociedades, la monopolización global de los bienes de producción, el conflicto de civilizaciones y tantos otros ejemplos. La desorientación obtenida por la eliminación de referentes genera un palimpsesto de ideas que se desplazan y superponen unas a otras permanentemente, provocando un calidoscopio de lecturas que variará en función de cada caso sin más lógica de aplicación que la del caos.
Embarcados en un tren en el que se juegan demasiados intereses, un pensamiento salta a la mente: Si fuese cierto que el fanatismo es correr en una dirección luego de haber olvidado para que se corría, ¿hemos pasado de ser paladines de la novedad, a ser sus rehenes?
Pocos meses atrás escuchaba una canción del último disco de Lorenzo Jovanotti cuyo estribillo repetía “la vertigine non è paura di cadere ma voglia di volare....” El deseo de desengancharse del suelo, más antiguo que el propio Ícaro ha sido el combustible de la novedad. Curiosidad y creatividad nos han permitido pensar, buscar, descubrir, crecer. El vértigo de Ser nos ha modelado y nos ha impulsado a volar tanto literal como figurativamente. Pero el fanatismo de la novedad puede exprimir la creatividad hasta el límite de crear contenedores sin contenido, forzar hasta la angustia nuestra capacidad de inventiva produciendo siempre información nueva que será vieja antes de que podamos saber de su existencia, saturando los canales, haciendo que nos movamos sobre una memoria cada vez más delgada con la flexibilidad de un paquidermo, cubiertos de estratos de experiencias, ideologías, mitos, costumbres que en su tiempo sirvieron para proteger la endeble osamenta de nuestro individuo desnudo. Nos hemos enzarzado en la lucha por desembarazarnos de ello a fin de ser más capaces de actuar sobre la estrechez actual de la memoria y las inconmensurables llanuras del presente. El acto liberador nos descubre frágiles. La “voglia di volare” se estrella con la angustia inevitable de lo desconocido. Ese territorio absoluto que hemos logrado a fuerza de erradicar todas nuestras certezas.
El escenario está servido. Corresponde a nosotros habitarlo.
Enviado por José Luis Brea a las Abril 8, 2006 04:40 PM
Comentarios
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Publicado por: dnhz enqjdl a las Abril 10, 2008 03:39 PM