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La crítica de arte -después de la fe en el arte - José Luis Brea

¿Cuál podría ser la base, hoy, del trabajo de la crítica, en su acepción más comprometida y al mismo tiempo rigurosa? Diría que, básicamente, un trabajo de “enmarcado” de los pronunciamientos, de los contenidos de producción de significado comprometidos por las producciones culturales. No el ejercicio de adhesión a unos u otras, atención, sino uno que por encima de todo se daría por misión el análisis crítico de tales producciones culturales, ejerciendo respecto de ellas un distanciamiento epistemológico cuyo objetivo fundamental sería siempre el conseguir situarlas, enmarcarlas, referirlas a la constelación de intereses y dependencias –conceptuales, históricas, culturales, institucionales- en base a los que cada producción enunciativa alcanza a cumplirse como social e intersubjetivamente significativa.

En primera instancia, y por lo tanto, el trabajo propio de la crítica debe desplegarse con una dimensión inequívoica de crítica de la institución (de la institución-Arte, vaya). Es en el seno de ella donde, en efecto, la producción cultural se convierte en socialmente representativa, cargándose de significado y fuerza simbólica. Por ello, la crítica necesita ejercer el distanciamiento que le permita postular su propio trabajo productivo simbólico en un terreno de des-implicación efectiva con la constelación de presuposiciones fiduciarias que sostienen el funcionamiento práctico de la institución-Arte, con la que se relaciona. Digamos que su trabajo principal consistiría en intentar “poner al desnudo” el “sistema de enunciados, prácticas y formaciones institucionalizadas” implícito –los “dogmas de fé”- que sostienen como formación estable la propia estructura funcional en cuyo espacio público efectivo se despliega la práctica artística, como práctica de interacción social.

La primera problemática que aquí se abre apunta al hecho de que la propia definición estructural de la crítica encuentra su postulación orgánica precisamente en el espacio de la institución-Arte. Y ello tanto en su función publicitadora, a través de los medios de comunicación (en los que ejerce primordialmente como tal, e independientemente de que su pronunciamiento crítico sea favorable o contrario, periodístico o más analitico-crítico), como en la función cada vez más normalizada de gestora aplicada de las nuevas dinámicas de trabajo espectacular integrado, desarrolladas bajo la forma de la curaduría “independiente”, cuando no bajo la más descarada todavía de la integración efectiva en las plantillas laborales de los museos, centros de arte, y organizaciones diversas de bienales y otro tipo de exposiciones temporales.

Reservaré más adelante un par de párrafos para tratar de esta cuestión de la, digamos, “crítica institucional integrada”, de la posibilidad de que la práctica que desde ella se realiza pueda considerarse efectiva y creíblemente “crítica”. Pero me permitiré ofrecer antes un par de palabras más sobre la primera modalidad que he distinguido de la crítica, la relacionada con la escritura y la publicación de análisis o reseñas críticas relacionadas con las prácticas de producción cultural y artística.

La escritura es para mí, esto lo he dicho en múltiples ocasiones, la herramienta por excelencia, el lugar en el que verdaderamente la crítica se hace posible. Esto es así porque ella convoca los potenciales mismos que deben en profundidad caracterizar el ejercicio crítico: la posterización interpretativa, la apertura de una distancia con respecto a su objeto, pero también y sobre todo la incorporación de una “cesura”, de una “hiancia”, por la que también se despega de sí misma y de la propia constelación conceptual en la que tiene origen, para derivar iterativamente en la secuencia abierta de sus posibles lecturas y contralecturas. Es en la medida precisa en que la escritura se desplaza y viaja sobre economías y sistemas de significancias ajenos a aquél en el que se origina que ella se constituye en dispositivo capaz de generar modalidades de reflexividad crítica, capaz de “entender”, exponer y atraer –por tanto críticamente- noticia autocuestionadora del lugar en el que acontece (ya que este lugar no es fijo, sino una errancia, una línea en viaje) sobre todo a partir de su iteración entre una multiplicidad de sujetos interpretativos en los que se produce y genera un efecto de intelección colectiva.

Ahora, y como es obvio, esta potencia crítica inscrita en la escritura no puede predicarse por igual de todos los regímenes bajo los que ella puede funcionar, y es justamente el ensayístico entendido precisamente como juego de producción y seguimiento de conceptos -en el sentido propuesto por Deleuze y Guattari en “¿Qué es la filosofía?” y lúcidamente recuperado por Mieke Bal en su “Traveling concepts”- el que hoy por hoy concierta esa potencia. En la escritura que, al contrario, es carente de una proyección posterizadora y abierta al trabajo de recodificación práctica que aporta la interlectura, la investigación efectiva que reflexiona sobre ella, el trabajo crítico queda en suspenso, cediendo toda su fuerza simbólica a beneficio exclusivo de los potenciales de publicitación, de promoción y en cierta forma “proselitismo” de la constelación de presuposiciones y “dogmas de fe” que perfilan el mapa de creencias y rituales sobre los que se asienta el funcionamiento de la institución-Arte como tal (por decirlo de manera simple: nadie que no “crea” en el arte puede escribir reseñas periodísticas en los suplementos, ni por lo tanto ejercer la fuerza crítica que acierte a efectuar presisamente ese desvelamiento de sus supuestos de fe)

Naturalmente, si esto puede decirse de la crítica escritural –la periodística y de suplemento cultural, pero también y en muy buena medida de la mayoría de la que se hace en revista especializada, que en modo alguno llega a desarrollar el carácter reflexivo-investigador que le atribuiría las cualidades que hemos señalado como fundadoras de criticidad- si esto puede decirse de la crítica escritural, digo, con cuánta mayor razón no podrá decirse de la actividad que se realiza en el ámbito curatorial y museístico, institucional.

Que pueda tomarse la actividad que realizan los comisarios, organizadores de exposiciones, e incluso los directores de museos o sus empleados, -por más que éstos sean turbios cantamañanas pagados de sí mismos hasta la vomitera-, los montadores de bienales y de tantos otros de los saraos característicos de estas nuevas industrias del espectáculo integrado, que puedan tomarse todas esas formas del trabajo como desarrollos eficientes de una estructura y noción consistente de crítica da una idea fehaciente de hasta qué punto la concepción que preside nuestra idea de la crítica es una pura retórica que fundamentalmente se alimenta de una preconcepción básica: la de que el principio constituyente del desarrollo del arte contemporáneo es precisamente el de la “autocrítica inmanente”.

La concepción de la crítica se nutre hasta tal punto de esa figura que nos hemos vuelto por completo incapaces de entender que en esa forma del trabajo integrado son nulas las condiciones de distanciamiento epistemológico-analítico que realmente permitirían poner al desnudo la red de intereses, dependencias conceptuales e institucionales que sostienen el sistema en que ellas de hecho se apoyan. Las condiciones que harían posible evidenciar lo en realidad más obvio –pero por completo invisible, desde dentro-: que en su “espacio lógico” la criticidad es un mero espejismo, una fantasía, que además sirve precisamente al sostenimiento y perpetuación del mismo sistema al que se supone pretende desmantelar. Hasta tal punto que, de hecho y realmente, la pretensión de darse bajo la forma de la “autocrítica inmanente” –y pese a que esa tradición se ha convertido a estas alturas en la más descafeinada y risible de sus caricaturas- opera en la práctica ya únicamente como un salvoconducto y un blindaje frente a cualquier pretensión de crítica “exógena”, digamos no comprometida y no partícipe del constructo epistémico –de la constelación de supuestos fiduciarios- que constituyen al del arte como un sistema dogmático, refractario a crítica y cuestión.

Esa condición refractaria, blindada a la crítica exógena –y éste va a ser ya mi penúltimo paso en esta reflexión- se sostiene ahora muy ladinamente en la invocación –estratégica se dice- del carácter autónomo del arte, acaso la fabulación más tramposa que se ha tomado la decisión de mantener contra toda evidencia como irrenunciable herencia y legado de la invención moderna del arte contemporáneo.

Y digo fabulación tramposa porque ciertamente ella se apoya en un argumento tan capcioso como falsario. Que si no fuera porque se afirma (esta autonomía estratégica del arte) faltaría el lugar desde el que ejercer la crítica antagonista de los imaginarios hegemónicos. La trampa interesada que ahí se tiende consiste en algo que debería resultar bien evidente: que desde el abanderamiento de ese carácter políticamente potenciado para el ejercicio del antagonismo contrahegemónico que en ello se afirma se blinda el escenario protegido de lo artístico contra toda crítica o analítica que provenga de su más allá (quiero decir, que no participe de sus sistema dogmático constituyente, intraparadigmático) con ese argumento extremadamente falsificador de que es el arte desde ese interior protegido (desde el interior de las presupociones en que se asienta) el que haría posible la crítica de su exterior, la transformación política de lo real, digamos, con el que al contrario todas las otras prácticas de producción de significado cultural o social a través de la generación o utilización de la visualidad operarían en complicidad.

Pero esto es, por supuesto, una fantasía interesada: la práctica artística no es sino un hacer generador de narrativas e imaginarios intensamente conjugados e inscritos en el sistema con el que hacen constelación –el de lo real. La suposición de que esas narrativas e imaginarios abanderan valores supuestamente antagónicos ignora –aparte de la misma lógica sistémica por la que todo lo que es en el mismo lugar necesariamente se compone- el principio mismo de toda la tradición de la crítica de la ideología: que la forma que ésta adquiere nunca es veraz y directa. Que la ideología nunca enuncia los valores de lo que encubre, sino antes bien las retóricas que lo hacen (a eso encubierto) tolerable, convivible, aceptable como escenario de la vida común.

Hasta tal punto que lo realmente habitual es que justamente su expresión característica de valores sea la contraria por definición a la que motoriza el sistema. Toda ideología es por ello y en cierta forma contradiscursiva, “antagonista” . Ella es la base mediante la que se construye la falsa conciencia, la representación falsificada de la realidad. Y todo ello funcionando bajo una lógica que hace no sólo posible, sino incluso necesario, que puedan efectivamente darse movimientos en el ámbito de la conciencia en apariencia contrarios –pero en la práctica solidarios- a los principios sistémicos de funcionamiento de la lógica de desarrollo mismo del propio capitalismo contemporáneo. Para decirlo ahora con terminología de Eve Chiapello y Luc Boltanski en su ensayo “el espíritu del capitalismo”: que el desarrollo reciente de éste sería in-inteligible sin reconocer el fundamental papel jugado en él la integración funcional de lo que ellos mismos describe como “la crítica artista”.

Me permitiré extraer de ello y añadir un corolario final, que en cierta forma devuelve a mi inicial aseveración: es cada vez más urgente definir un territorio en el que la crítica pueda ejercerse desde la exterioridad al propio sistema de creencias y estructuras institucionales el en que las prácticas culturales inscriben su producción, pues solo desde ese distanciamiento epistemológico y sólo desde ese descreimiento programático en sus dogmas tácitamente asumidos, puede realizarse la tarea que como tal podríamos en rigor llamar crítica: la puesta en evidencia y desmantelamiento de la constelación fiduciaria de supuestos –conceptuales, prácticos e institucionales- mediante los que una u otra práctica de producción asienta el escenario, la episteme, en el que sus producciones rinden eficiencia, alcanzan vida social, intersubjetiva.

Añadiré que el desafío que en relación a las artísticas –rechazando y denunciando sin complacencia la trampa inscrita en la exigencia de trabajar en su escenario inmanente, de claudicar ante su proclamación de autonomía- podría entonces razonablemente dar propósito a los estudios visuales (entendidos justamente como escenarios de trabajo investigador-ensayístico, potenciadores del análisis y la crítica cultural) podría ser ese precisamente: “situar” la productividad de sentido y significancia de las prácticas en un escenario específico de conceptos estabilizados e instituciones sociales fortificadas; y mostrar y poner al desnudo las dependencias e intereses de todo orden que desde cada uno de esos escenarios afectan a la producción de sus narrativas e imaginarios –y ya sea que éstos y a sí mismos se declaren hegemónicos o contrahegemónicos, institucionales o antagonistas-, que afectan a la producción de sus narrativas e imaginarios, digo, tal y como éstos se despliegan en el curso de lo que con Appadurai llamaría “su vida social”.

Enviado por José Luis Brea a las Abril 8, 2006 04:41 PM

Comentarios

Ahora viviendo en Buenos Aires, pero desde Chile y mi sitio un saludo. Me encuentro con tu artículo en el momento mismo en que las preguntas por el escenario de la crítica (y su "campo de batalla") nos inquietan desde nuestro contexto particular. Linkeamos tu escrito, aparte te linkeo algunos que he estado escribiendo quizás, cercanas:
http://www.lafuga.cl/escenas_de_escritura/critica_poder_mercado/
http://www.lafuga.cl/escenas/recepciones_de_fuguet/
Gracias,
Iván Pinto

Publicado por: Iván Pinto a las Mayo 8, 2006 08:06 PM

José Luis,

no sé si me precipité al juzgarle de "nueva derecha": los comentarios siguen dando vueltas en la red; en lo único que deseo reincidir es en la visible absoluta ausencia del pensamiento crítico europeo en relación a américa latina: no sólo en la incapacidad de tener un juicio histórico autocrítico, sino en la presunción de un deseo continunuado de neocolonización cultural a través de un discurso ilustrado, académicademicamente excluyente, que solo reconoce las fuentes europeas.

Me interesa de su texto la noción de la "crítica integrada": mi señalamiento de nueva derecha apuntaba al grado de integración de su posición crítica. De otra parte, encuentro su texto tan cerradamente matemático, que me parece superfluo acudir a la saturación de citas, que aparecen como meros instrumentos de legitimación.

Un comentario final: ¿cómo separar el "enmarcar" de la acción de adhesión? Me parece que enmaracar es adherirse. La frase "en Colombia o existe crítica de arte" significa que no existe crítica que no sea adhesión, pero también, que la crítica es adhesión bajo el espejismo del encuadre.

En relación al capitalismo: creo que resulta cómodo al medio académico señalar la falta de sentido de resistencia en los artistas de mercado: sinembargo, no hay que desconocer que el medio académico, en especial en el primer mundo, recibe tranquila y generosamente sus honorarios cada fin de mes: ¿quién asiste económicamnte a los artistas de tercer mundo que se resisten a los mecanismos de mercado? ¿Quién asiste a los que no tienen el beneficio de un empkeadr juicioso en sus pagos? ¿Quién, académico o contra académico puede hablar en contra de su empleador?

Mi preocupación local con la inserción de ciertos discursos anticanónicos -por ejemplo, aquellos que contrastan el pseudosignificante fonético versus el signo escrito- es que aparecieron en Colombia como instrumentos de legitimación para toda una gestión oficial: esto se tradujo finalmente en raso y mero instrumento de legitimación de nuestra burocracia imperante. Es decir: lo alterno en favor del canon oficial estatal. Quiero pensar que el pensamiento crítico europeo -si existe tal cosa- no es un patrocinador de la centralidad del ejercicio sin límite de la capacidad de toma de decisiones de la institucionalidad latinoamericana.

Este mensaje "no es una prueba".

pablo batelli

Publicado por: pablo batelli a las Mayo 9, 2006 03:11 AM

estimado pablo batelli,

efectivamente, creo que te precipitaste en tu juicio. por lo demás, tal cosa no era un juicio, sino una mera descalificación, algo tan fácil de hacer como poco digno y nada respetuoso con el oponente (es decir, algo muy propio de una auténtica "nueva derecha").

me alegra que coincidas por lo demás en el cuestionamiento de la "crítica integrada". cada día que pasa me desconcierta más el aplauso que ella concita. pero es que la autoridad de la institución arte no ha parado de crecer.

en cuanto a tu comentario sobre las citas, me parece un poco irreflexivo. la referencia a la noción de "concepto" en deleuze y bal es obligada, ya que es en su sentido en el que uso la palabra "concepto". la cita a appadurai es de honestidad pura, la idea de "vida social de las imágenes" como objeto de los estudios visuales es suya. por último, la noción de "crítica artista" es de chiapello y boltanski. en total tres citas en un texto de 15 párrafos, me parece que hablar de "saturación de citas" es, simplemente, un poco zafio.

en cuanto a la cuestión colombiana a la que aludes, lo siento pero no puedo contestarte, mi ignorancia al respecto es total (y nunca he pretendido otra cosa). ahora bien, el que un discurso pueda ser utilizado localmente para legitimar situaciones intolerables no descalifica, en sí mismo, a tal discurso. más sensato sería hacer la crítica de esa utilización e incluso mostrar en qué sentido es inadecuada (seguramente lo es). justamente éso -en parte- es lo que significa "enmarcar".

en cuanto a la incompatibilidad entre enmarcado y "adhesión" basta leer con un poquito de atención mi artículo para reconocer que ésta se refiere a la fiduciaria al sistema de presupuestos implícitos sobre los que un "régimen" se instituye -en el caso, el del arte, que es para el que reclamo "enmarcado" en vez de la habitual e incondicional adhesión (implícita, con lo "verdadero" del arte, para entendernos).

por último, y como tú mismo, yo también deseo pensar "que el pensamiento crítico europeo -si existe tal cosa- no es un patrocinador de la centralidad del ejercicio sin límite de la capacidad de toma de decisiones de la institucionalidad latinoamericana". por lo que al mío se refiere -a mi pensamiento crítico (digamos que europeo)- realmente confío en que a nadie se le ocurra usarlo para tal "patrocinio". pero vaya, con cancerberos como tú guardándose de prevenir contra él con tanto enconco, creo que corre escaso peligro. de lo cuál, francamente, no puedo sino alegrarme.

saludos,
jlb

Publicado por: José Luis Brea a las Mayo 9, 2006 03:10 PM

hola Iván,

solo para agradecerte los comentarios y el link, efectivamente creo que hay puntos comunes, especialmente con tu texto de "Crítica, poder, mercado", que me ha parecido muy interesante.

seguimos en contacto. abrazo,
jlb

Publicado por: José Luis Brea a las Mayo 9, 2006 03:18 PM

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