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Septiembre 19, 2005

Reforma universitaria: ¿ciudadanos o empleados? - Norberto Alcover

Más sobre la reforma universitaria: un interesante tribuna publicada hoy en ELPAIS.es. La verdad es que algunas de las ideas manejadas, e incluso el empleo de la denominación de "Nuevas Humanidades" coincide bastante con los que hace unas semanas defendía en mi "Humanidades, humanidad". Sigue el artículo, y espero que contribuya también al debate.
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Reforma universitaria: ¿ciudadanos o empleados?
Norberto Alcover

A lo largo de los últimos meses y todavía más al comenzar el curso académico, la cuestión universitaria se ha situado entre las más comentadas en las páginas de la prensa española. Tanto para informar sobre su naturaleza, de cara a la convergencia europea, como para reflexionar sobre la misma y, todavía más, para evaluar caminos y punto de llegada de un fenómeno que en 2010 consumará su procedimiento. En este mare mágnum de opiniones bastante entreveradas, una componente del espectro universitario domina el debate: la referida al futuro de las Humanidades como disciplina propiamente tal, pero también como acervo cultural que constituye la raíz, la explicación y la mejor aportación de Europa a la construcción de su propio futuro. Porque sabemos, si bien en ocasiones lo silenciamos, que sin Humanidades es muy difícil que se produzca una universidad humana, condición indispensable para que, además, resulte ámbito de saberes específicos de cara a la profesionalidad social de sus miembros.

Pues bien, con el debate a las espaldas y con la propia experiencia como profesor universitario desde hace largos años, pero además como empedernido enseñante de materias humanísticas, surgen en el horizonte de la convergencia universitaria pretendida, dos interrogantes sustanciales que planteamos para que los mismos lectores, pero también quienes tienen directas responsabilidades en las decisiones a tomar, puedan reflexionar con mayor objetividad. Siempre, el método de la sospecha resulta excelente para alcanzar la sabiduría.

1. ¿Qué tipo de ciudadano pretendemos tras su paso por nuestra universidad y cualquiera que haya sido su aprendizaje profesional? Ésta es la pregunta del millón y que, sin embargo, solamente ha encontrado una respuesta del todo sorprendente y amenazadora: pretendemos un ciudadano que resulte oportuno para el mercado laboral español/europeo. O sea, que tras tantos años de reflexionar sobre la Europa que deseamos construir entre todos para que tenga un protagonismo identificativo en el mundo, de manera que aporte su peculiar forma de ser y de estar en la sociedad planetaria, ahora prescindimos de toda su tradición intelectual, reflexiva y crítica, para convertirnos en empiristas puros y duros de la sociedad de mercado y ofrecer a nuestros jóvenes, ellos y ellas, como sacrificio agradable al dios dinero como dios de la empleabilidad tranquilizadora.

¿Deseamos de verdad tal tipología ciudadana? ¿Preferimos una ciudadanía, tan de moda ella, apática, neutral y orwelliana, olvidadiza del caudal histórico de nuestros artistas, de nuestros filósofos, de nuestros científicos, de nuestros políticos, de nuestros sociólogos, de nuestros revolucionarios, de nuestros teólogos, es decir, del conjunto de quienes han sido capaces de convertir una civilización tan elemental al comienzo en un emporio de sabiduría sobre el que se ha erguido el mejor proyecto humano de la historia? Hay que reunir altísima capacidad de ceguera histórica para convertir a nuestros ciudadanos en meros productores retribuidos en función del empleo solicitado desde el universo empresarial de corte neocapitalista, como tan bien apunta Ulrich Beck. Emplearse es necesario, pero sería tremendo jugarnos nuestra humanidad en tal empeño. De ahí al esclavismo social hay un brevísimo espacio.

2. ¿A dónde irán a parar las materias humanísticas que contienen el mejor y mayor legado de la historia europea y que parecen batirse en opaca retirada? Tal interrogante no solamente se refiere a la carrera de Humanidades en cuanto tal, porque tiene que ver, sobre todo, con el conjunto de materias opcionales y de libre configuración que hasta ahora han encontrado feliz lugar como complemento necesario en tantas universidades españolas: ¿seguirán en pie, tras el nuevo reparto de créditos según los años de estudios, o acabarán echadas al baúl de los recuerdos por imposibilidad temporal y también por menosprecio académico? Me refiero a esos complementos relacionados con la Historia civil y artística, con la Filosofía y el pensamiento en general, con la Música clásica y contemporánea, con la Literatura en nuestras varias lenguas, incluso con el Hecho Religioso en cuanto generador de ideas y formas de vida. Pero incluyendo, además y sin posible olvido, las que podríamos denominar muy bien Nuevas Humanidades: el conjunto de los Medios de Comunicación Social que conforman de manera tan decisoria la sociedad de nuestros días, con específica referencia al mundo de la Prensa, del Cine, de la Radio y de la Televisión, junto a la Moda y la Música grabada, enorme magma que alcanza hasta el universo de la Publicidad y del mismísimo Internet. Nuevas Humanidades que imponen un sistema lingüístico del todo diferente: el audiovisual.

Aquí radica la madre del cordero del cambio universitario, mucho más todavía que en la presencia o ausencia de una carrera específica, porque lo importante de verdad es el complemento humanístico en cualquier materia universitaria, de forma que todo aquel que pasa por la universidad sea a su vez traspasado por el humanismo español y europeo, única tradición donde podemos encontrarnos de cara a la construcción de una casa común, en la que deseen también habitar hombres y mujeres provenientes de otras culturas y civilizaciones. En la obligatoria incorporación de las Humanidades clásicas y nuevas a los diversos currículos académicos, reside la originalidad del futuro espacio universitario de la Unión Europea como formador de ciudadanos libres, comprometidos y solidarios. Si se prescinde de esta dimensión, sería ilógico y casi cínico protestar más tarde de la vulgaridad personal de nuestros futuros profesionales. Porque tendremos los que preparemos. Y prepararemos los que realmente pensemos que son necesarios para la finalidad pretendida. Con lo que esta segunda cuestión nos remite a la primera: a dónde vamos, a qué vamos y cómo vamos.

Estos dos interrogantes, con toda su tremenda carga interpeladora desde las mismas zonas sustanciales de la cuestión a debate, nos abocan a una pregunta ulterior que está en la base no sólo del cambio universitario antes bien de todo el sueño europeo, si es que, a estas alturas, podemos escribir de tal sueño como algo real: ¿deseamos de verdad la permanencia de los intelectuales en cuanto tales y sin subterfugios pragmáticos como necesarios para el desarrollo de nuestra sociedad? Pero es que tal pregunta, y sin poderlo evitar, conduce a esta otra ulterior y absolutamente incorrecta desde un punto de vista cultural: ¿estamos dispuestos a trabajar por la permanencia de una sólida metafísica, comprendida como el punto de partida y de llegada de la inteligencia y de la sensibilidad que fundamentan la estructura y el devenir sociales? Desde nuestro punto de vista, no basta insistir en la praxis periodística del intelectual de nuestros días, como refiere Santos Juliá de forma sugerente. Es necesario que el intelectual proceda, tal vez en silencio y sin una difusión masiva, en su tarea inexcusable de intus-legere, de leer la última realidad de las cosas, tal vez hasta dar el salto magnífico hasta la mismísima metafísica, y así permitir que los demás nos abramos a dimensiones desconocidas pero urgentes de cuanto nos rodea y constituye el objeto de los saberes especializados. Añadir que la universidad debiera ser lugar preferente de intelectuales y de metafísicos, solamente significa resituarnos en la mejor tradición española y europea, que lentamente parece extinguirse en función de esta ola pragmática que nos invade hasta arrasarlo casi todo.

Así están las cosas en la universidad española. El debate parece centrarse en las materias propiamente dichas, en la duración de su aprendizaje y en las innovaciones tecnológicas, todo ello necesario. Pero si tales preocupaciones prescindieran de una idea específica del ciudadano que pretenden configurar, para aceptar como tipología única la del ciudadano empleado, en virtud del criterio de empleabilidad como vellocino de oro, entonces estaríamos ante una desgraciada traición a nuestras propias raíces históricas y antropológicas, para convertir nuestro futuro en algo ramplón por consumista y sometido. Y tal vez, muchos profesionales de la enseñanza, que tan alto grado de contradicciones soportan en su quehacer universitario, llegarán a pensar que su tarea es inútil porque no trabajan para algo ilusionante y sí lo hacen para facilitar víctimas a la gran máquina del productivismo dominante.

Al final del trayecto, la cuestión universitaria recalará en manos del Gobierno de España, que deberá tomar las últimas decisiones de naturaleza política. Produce esperanza que el Presidente Rodríguez Zapatero declarara en una magna reunión de rectores españoles, portugueses y latinoamericanos, celebrada en Sevilla tiempo atrás: "Estamos en una fase incipiente de reformas, pero garantizo que, si se producen cambios que afecten a las humanidades, en nuestra universidad o en cualquier otro nivel educativo, será para realzar su importancia, nunca para reducirla". Puede que esta promesa, aparentemente poco llamativa, resulte una de las más relevantes del mandato socialista en la medida que se convierta en realidad para la construcción de esta sociedad de ciudadanos y ciudadanas que el Presidente reclama como epicentro de su política. Está por ver hasta qué punto mantiene lo prometido.

Norberto Alcover es escritor y profesor universitario.

Publicado por José Luis Brea a las 09:27 AM | Comentarios (2)

Septiembre 17, 2005

Museo o Mausoleo, de Delfín Rodriguez, en ABCD

Creo que el artículo publicado en ABCD por Delfín Rodríguez merece ser leído con toda atención. No sólo por lo que tiene de alusivo, sino también de elusivo. Habla como si no hablara de lo que habla, pero casi llega a decir lo que no dice. Lo cual, y para aquellos que siempre simpatizamos con aquellos usos de la alegoría que, al decir de Buchloh, denotan su carácter más político, no deja de tener un enorme atractivo. Aquí el ejercicio que resta pendiente -como en toda alegoría, siempre hay un ejercicio por hacer- es descifrar como queda alegorizado ese "algo otro" que, aunque "es dicho", ciertamente no se enuncia. "Oh amigos, no hay ningún amigo", recordaba Derrida antes de morir olvidado de los pocos que tuvo. O quizás, es que sí los hay, por encima de todo. Lectura atenta ...

>>> sigue el artículo, originalmente publicado en | ABCD las artes y las letras | >>>

Era cartógrafo y le habían encargado dibujar un mapa con todos los museos y centros de arte que existían en ese país. Naturalmente, el encargo era oficial, porque de siempre los museos habían sido considerados piezas fundamentales de la identidad del Estado, de la nación, de su memoria, de su patrimonio, de su historia, al menos desde la Revolución Francesa. Antes ya habían sido usados como instrumentos de propaganda de la majestad y poder de los príncipes. Después también, pero puestos sus raros objetos y obras de arte a disposición del público, de su educación y cultivo, convertido el arte en patrimonio público, en bien cultural e identitario, con la función decisiva y fundamental de conservar, difundir, socializar, democratizar la experiencia del arte como experiencia social, cultural y benéfica.

Sabía que era una tarea difícil, pero era un hábil y empeñado cartógrafo. El mapa debía incluirlos todos, los museos y los centros de arte, que ya comenzaban a llamarse «de arte contemporáneo», y también debía sintetizar visualmente el contenido y significado de cada uno. Como en una tela de araña, tenía también que mostrar los vínculos, los caminos, a veces pensó hacerlo en forma de largas filas ceremoniales de peregrinos, otras por medio de simples líneas. La tarea era fascinante, difícil pero se la prometía agradecida: era como crear un mapa paralelo al real del país, pero sin conflictos, pacificado, como un país de las hadas lleno de hermosos edificios y extraordinarias obras y objetos artísticos, incluso de artistas y arquitectos.

Mapa a escala.
Ya sabía, porque lo había leído en Borges, que había existido todo un imperio dedicado obsesivamente a la cartografía hasta tal punto de construir un mapa a escala 1:1 del mismo. Borges no decía más, pero siempre le quedó la intriga de saber dónde acabaron viviendo sus habitantes, si en lo real o en lo representado. Parece que fue en el artificio, en la simulación, por eso de aquel sueño sólo habían quedado sobre lo real algunos fragmentos del fabuloso y pacificado mapa. No sabía por qué, pero le inquietaba. No importaba, si lo culminaba con fortuna había pensado continuar, con sus propios medios, realizando un atlas universal con mapas de los museos y centros de arte de todo el mundo. ¿Una quimera? Sí y no, pensó. No en balde, el éxito de los museos, del arte y la atención masiva del público garantizaban la empresa. Es más, las empresas turísticas, los bancos, los poderes públicos, los comerciantes, todo el mundo parecía apoyar su fortuna, la existencia también económica de ese país de las hadas. Esto le inquietaba también un poco, le confundía, comenzaba a creer que tendría que tomar la decisión de realizar una especie de palimpsesto, con dos mapas superpuestos, el de consuelo de los museos, del arte y los artistas y sus arquitecturas, y el de las estrategias políticas y económicas. Había demasiadas señales de que el segundo mapa comenzaba a ser el emergente, que el patrimonio y las artes, el saber eran ya objetivos del negocio. Incluso, los responsables de los museos, amantes, artistas, historiadores o críticos, iban siendo progresivamente sustituidos por gestores políticos y económicos y otros especialistas: los números y su polifuncionalidad alcanzaban la hegemonía.

Datos tercos.
Su primer mapa podía correr el riesgo de verse aplastado por el segundo. Él siempre había pensado como Baudelaire, al que leyó de joven con pasión, que siempre cabía la posibilidad de encontrar morada propia en el número, liberándolo así de su función meramente cuantitativa. Pero los datos eran tercos. Incluso el Estado y las Universidades habían hecho desaparecer de los estudios universitarios la Historia del Arte: el éxito del arte era tan grande que ya no los necesitaban, en todo caso sólo a los artistas y a los arquitectos para seguir alimentando el negocio, creando para la institución arte, museos o centros. La simulación sería perfecta. Ya no habría que confiscar de la historia las obras para inscribirlas en los lugares del saber, para darles otra biografía en compañía de otras obras, sino que se producirían directamente para esos lugares, sin mediaciones, salvadas así de las garras de la historia y de sus conflictos.

Comenzó su tarea inquieto, pero animado. Iba reuniendo materiales: información sobre los museos y su arquitectura, sobre las colecciones si las había, sobre su orden artificial o provisorio, como suelen ser estas cosas, aunque ya hubiera constatado que había muchos museos que querían hacer historia, contarlo todo, llenar lagunas, con un discurso anacrónico. Esos primeros datos le produjeron perplejidad. Los museos y centros de arte eran formal y tipológicamente indiferentes a su destino, incluso los más recientes tenían un aire similar a las grandes superficies comerciales, aunque todos parecían tocados por un significado sagrado que conmovía, nuevos templos, nuevos lugares para el consumo de milagros, ordenados, silenciosos, recogidos, para que todo el mundo pudiera repetir la experiencia de la visita de una forma idéntica. Mantener esa pulcritud y los beneficios consiguientes era la tarea de los nuevos gestores y el fin de su función política y social. Así pudo descubrir que entre las obras, los artistas y los espacios construidos por los arquitectos había demasiadas grietas. Pero le entretenía y no sabiendo muy bien por qué recordó que Benjamin elogió la tipología desordenada y vital del bazar frente al orden violento del museo y sus significados.

Expulsados.
Como le intrigaban estas cuestiones, comenzó a leer y a preguntar a especialistas en museos y en historia y crítica de arte, a artistas y a algunos arquitectos que habían reflexionado sobre estas cuestiones que ahora le ocupaban. Sabían mucho, sin duda, pero les habían expulsado de los museos y de los centros de arte, incluso de las universidades, ya no tenían nada que ver con ellos, no les dejaban, sus discursos les eran ajenos a los nuevos gestores, los que le habían encargado el mapa. Y esto le sorprendía, le desconsolaba. Llegó a dudar si no dibujar un tercer mapa, el de los expulsados y extraviados, el de los amantes del arte y de los artistas, el de la imaginación y la cultura. Se convenció de que debía hacerlo, pero también de que nunca lo entregaría, sería su consuelo, su forma de reconciliarse con el mundo, con la memoria, con la vida, con el estatuto simbólico de los objetos y las cosas que siempre remiten a él. Antes de empezar, comenzaba a estar agotado por lo espurio y trágico de la tarea y como tenía una formación más bien clásica y poco práctica, los fantasmas de muchas observaciones leídas a lo largo de su vida se le aparecieron con insistencia. No quería. Se sentía perseguido por ellas y por sus autores. Quería seguir confiando, pero también le llegaban rumores de que las obras de arte guardadas iniciaban una revolución, comenzaban a bajarse de las paredes, de los pedestales, a pasear por los pasillos.

Tenerse celos.
Las que estaban encerradas en los sótanos, es decir, las que estaban condenadas a no verse nunca, pero cuya existencia en esos lugares sombríos legitimaba la excelencia de lo expuesto, también comenzaban a empujar con fuerza los barrotes. Se acordó -no quería, pero se acordó- de nuevo de Borges cuando escribió que los museos habían sido ideados para confundir a los hombres; de Rilke, que los llamó instituciones groseras; de Jünger, que los despreciaba como oasis de la seguridad burguesa; de Valéry, que los encontraba inconexos, lugares de barbarie y confusión, espacios que daban motivo a las obras para tenerse celos, rincones propios de eruditos capaces que convertir a Venus en un documento; y se acordó de muchos más. Pero en el momento en el que se le apareció Quatrémere de Quincy, que en 1815 había publicado el panfleto más reaccionario y retrógrado sobre los museos jamás escrito, no quiso escucharlo («fruto aberrante», «taller de demolición del arte», «funeral de la propaganda política», «asesinato del arte»...) no podía: era un fantasma real, ya que el Museo de Arte Contemporáneo más importante del país acababa de publicar su nuevo plan que no era sino una reimpresión camuflada de aquel viejo texto, con otra apariencia. Así que dejó la empresa y no dibujó el mapa, ninguno de ellos. Se trataba de un imposible.

Publicado por José Luis Brea a las 11:23 AM | Comentarios (0)

Septiembre 12, 2005

La restauración, ¿una "ciencia enmudecida"?

Sin comentarios por delante -espero que los haya, no renuncio yo mismo a enviar los propios, pero justamente a título de comentario- reenvío el artículo "Afanes de una ciencia enmudecida: la conservación" de FERNANDO CARRERA RAMÍREZ, publicado hoy mismo en ELPAIS.es

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Las propuestas avanzadas para la reordenación de las titulaciones universitarias en España han generado un amplio abanico de reacciones que están siendo trasladadas a la opinión pública a través de diversos medios de comunicación. Asumiendo con osadía una cierta representatividad, en los párrafos que siguen pretendemos exponer la posición del grupo profesional de los conservadores-restauradores del patrimonio cultural. Esta colectividad demanda ser dotada de las herramientas que permitan erigir una disciplina científica de objetivos muy precisos pero injustamente olvidada en los debates actuales.

En efecto, la conservación-restauración es una ciencia cuyo fin último es el conocimiento de las técnicas y procedimientos que faciliten la preservación del patrimonio cultural. Se trata de una disciplina de marcado componente interdisciplinar y quizá por eso abusivamente constreñida entre las ciencias naturales y humanas. Paralelamente, posee una finalidad práctica y un poderoso componente empírico (salvando las distancias, como la medicina: diagnosticar y tratar, ahora objetos culturales), por lo que con frecuencia ha sido considerada una mera técnica, patrimonio de personas con aptitudes artísticas y cierta habilidad manual.

La relevancia de la tarea del conservador-restaurador queda evidenciada en la Ley 17/1985 del Patrimonio Histórico Español, que recoge en su preámbulo: "El Patrimonio Histórico Español es el principal testigo de la contribución histórica de los españoles a la civilización universal y de su capacidad creativa contemporánea. La protección y el enriquecimiento de los bienes que lo integran constituyen obligaciones fundamentales que vinculan a todos los poderes públicos, según el mandato que a los mismos dirige el artículo 46 de la norma constitucional". Entre las múltiples facetas exigidas para el logro de ese objetivo debería ser prioritaria -parece obvio- la creación de un cuerpo de técnicos con una completa formación y capaces de enfrentarse a la compleja tarea de conservar y restaurar el riquísimo patrimonio cultural español. Este reto se amplía si se considera la necesidad de una pujante estructura académica que garantice no sólo esa formación sino, asimismo, la generación del conocimiento que los futuros profesionales precisarán en su carrera. El desafío, esencial para un país con un patrimonio extraordinario, ha sido tenazmente relegado en las diversas reformas educativas emprendidas por todos los Gobiernos democráticos.

En la actualidad los estudios de conservación-restauración son impartidos desde dos estructuras diferenciadas. Expidiendo un título equiparable a diplomatura universitaria, las Escuelas Superiores de Conservación y Restauración de Bienes Culturales fueron organizadas a partir de la LOGSE como estructuras ajenas al ámbito universitario. Esa ordenación particular las ha mantenido desde su misma creación en una especie de limbo legal que, sorprendentemente, no ha impedido su funcionamiento. En paralelo, y con una trayectoria asimismo larga, se fueron organizando especialidades de conservación-restauración en algunas facultades de Bellas Artes, que expedían títulos de licenciado en Bellas Artes (especialista en restauración). Con escasas modificaciones, esta situación de doble titulación persiste hasta hoy, a lo que últimamente se ha añadido una preocupante proliferación de masters y titulaciones diversas relacionadas con el patrimonio cultural, organizadas desde carreras como Humanidades, Historia del Arte, Arquitectura y otras.

Como es fácil imaginar, toda esta multiplicidad de centros (dentro y fuera de la universidad), de titulaciones (master, licenciado, diplomado) y la relativa debilidad de las estructuras académicas ha tenido consecuencias demoledoras en la cohesión intraprofesional, lo que explica la fragilidad de las estructuras asociativas. Aún más doloroso, no parece haber colaborado al reconocimiento social, condición necesaria para la consolidación y regulación de la profesión. Los efectos son devastadores en lo que afecta al trabajo diario de los profesionales: desde la cicatera inversión pública en proyectos de conservación hasta un arbitrario pero generalizado intrusismo. Paradójicamente, la notable abundancia normativa (leyes autonómicas de patrimonio cultural) no se ha adentrado en una mínima regulación de la profesión y no garantiza la presencia de personal cualificado ni la calidad y duración de las intervenciones sobre el patrimonio cultural.

Con sus particularidades, este severo diagnóstico podría ampliarse a buena parte de los países de la Unión Europea, lo que quizá quede representado por la inexistencia de la conservación-restauración entre las categorías científicas reconocidas por la Unesco. En fin, la explicación última a esta situación pueda acaso encontrarse en la relativa juventud de la disciplina, que ha pasado en las últimas décadas de tener un carácter marcadamente técnico a adquirir un contenido plenamente científico.

El proceso de ordenamiento de la educación superior en Europa representado por el acuerdo de Bolonia parecía ser el momento adecuado para reclamar la definitiva estructuración de unas instituciones académicas estables, que deberían garantizar la formación de los profesionales, generar la necesaria investigación y liderar el proceso de reconocimiento social. En este sentido, los profesionales españoles hacía tiempo venían solicitando la creación de una titulación específica, única y universitaria para la conservación-restauración. Esta petición cristalizó en la reciente presentación a la Agencia Nacional de la Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA) de un proyecto para una nueva titulación de grado en conservación-restauración de bienes culturales, que fue respaldado por las diversas entidades académicas y asociaciones profesionales. La positiva valoración del proyecto presentado por parte de la ANECA nos permitía ser optimistas respecto a la próxima organización de estos estudios en el ámbito universitario, esquema en total acuerdo con las propuestas sugeridas por asociaciones europeas, tanto académicas (Encore) como profesionales (ECCO).

A esta proposición se ha venido a superponer ahora el anteproyecto de Ley Orgánica de la Educación (LOE). De modo semejante a lo ya planteado en la LOGSE, en el borrador se da una respuesta a la dificultad de integrar en la universidad ciertos estudios artísticos (complejidad bien representada por los estudios de música), creando unas enseñanzas artísticas cuyos ciclos superiores expedirán títulos equivalentes al grado universitario. Sin entrar a discutir esa indeseada asimilación de la conservación al ámbito de la creación artística, la solución parece ignorar el acceso al segundo ciclo (master) y al doctorado, que aparentemente se mantendrán dentro de la universidad. Por todo ello, la propuesta no resuelve el núcleo de la histórica reivindicación de los conservadores-restauradores, a saber: la organización de los estudios dentro de una estructura académica unitaria que garantice tanto la especialización vertical para los estudiantes como el libre acceso a la actividad profesional a través de una titulación única a nivel estatal (y europeo). La propuesta inicial -estrictamente universitaria- no sólo solventaría estos problemas, sino que facilitaría la interrelación con otras áreas de conocimiento asimismo universitarias (química, historia, etcétera), lo que sin duda demanda el carácter interdisciplinar de la conservación-restauración.

Somos conscientes de que la historia y su soporte tangible -el patrimonio cultural- han sido y serán utilizados por los gobernantes como argumento aglutinador ante la sociedad civil, y, de hecho, sustentan buena parte de cualquier discurso nacionalista. Ese uso es legítimo cuando no resulta abusivo ni se sustenta en falsas interpretaciones, y es provechoso si sirve para mejorar el aprecio que la sociedad demuestra hacia el patrimonio cultural y fomenta su salvaguarda. Aportando el valor de su trabajo riguroso y discreto, el papel de los conservadores-restauradores en la discusión es relevante, pues serán colaboradores activos en el fomento de ese aprecio social. Para el logro de esta tarea deben facilitárseles las herramientas académicas necesarias: como a los historiadores, los arquitectos u otras profesiones afines. Este momento de transformación de los estudios superiores nos parece una oportunidad que no puede ser desperdiciada, y que quizá permita calibrar la sinceridad de los sentimientos de los gobernantes hacia el patrimonio cultural.

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Fernando Carrera Ramírez es profesor de la Escola Superior de Conservación e Restauración de Bens Culturais de Galicia y miembro de la Asociación de Conservadores-Restauradores de Galicia.

Publicado por José Luis Brea a las 09:46 AM | Comentarios (1)