« Comunicado del Consejo de Críticos | Inicio | La financiación de las universidades investigadoras - Rolf Tarrach »

Humanidades, humanidad

[ publicación original: EL CULTURAL, 7 de Julio de 2005 ]

Estamos inmersos en un proceso de transformación de las sociedades contemporáneas crucial: uno que viene a situar al conocimiento en el centro de todos los procesos sociales (no sólo los simbólicos y aquellos que propician reconocimiento y autocomprensión, sino los implicados en la propia producción de riqueza material, producto interior bruto, digamos). Eso, que justifica la designación de las actuales como sociedades del conocimiento, va a determinar que todo el conjunto de las agencias depositarias del encargo social de su gestión (producción, validación, archivo y custodia, transmisión …) se vean consiguientemente envueltas en un candente proceso de transformación, igualmente profundo y trascendental.

El que en medio de todo ello vive la universidad contemporánea –la universidad del conocimiento- ha de resultar necesariamente clave: tanto más cuanto que ella, la universidad, se va a ver en el curso de ese proceso convocada a ocupar un nuevo y mucho más activo papel, no limitado ya a la custodia y transmisión de conocimientos, sino extendido a la función de producirlos, de generarlos (como un auténtico y competitivo departamento de I+D+i,). Me parece extremadamente importante en estos momentos precisos de gestión política del proceso de reforma de la universidad no olvidar que el marco histórico profundo que ha de servirle de trasfondo es precisamente el de esa transición de la universidad a su nueva función en la sociedad del conocimiento. Y que es en su horizonte donde debe situarse la ocasión administrativa concreta –la integración y configuración del Espacio Europeo de Educación Superior- para, precisamente, intentar encontrar en él una respuesta al mismo tiempo adecuada y propia, diferencial, capaz tanto de responder al desafío y la exigencia que su definición en el contexto de la nueva sociedad del conocimiento le dirige, como la responsabilidad que le destina –por usufructo de herencia, cuando menos- su posición geopolítica en el mismo escenario –Europa- en el que universidad moderna naciera, asociada a la voluntad de afirmación de un conjunto irrenunciable de valores sociales y humanos relacionados no únicamente con la criticidad y autoorganización del sistema de los saberes, sino también con su proyección en el horizonte de la vida práctica y la promoción correlativa de los valores de libertad y justicia social.

Me atrevería a sugerir que ése habría de ser precisamente el rasgo diferencial que caracterizara lo que llamaría el modelo europeo de la transición a la universidad del conocimiento. Un modelo que se distinguiría con perfil propio del estadounidense que viene guiando el tránsito a la universidad de la excelencia –el modelo de transferencia engranada entre universidad y tejido económico-productivo, no ya por la aplicación esforzada de las universidades a la generación de fuerza de trabajo especializada sino por la mucho más importante vía del encadenamiento entre investigación e innovación, entre producción avanzada de conocimiento y motorización de la vida económica desde la propia centralidad que esa producción específica resultante de la investigación posee en las economías del conocimiento. Está de más, me parece, insistir en la crucial importancia que para la transformación de la universidad europea –y la nuestra en particular- tiene el no quedarse al margen de ese proceso y esa nueva exigencia, pero quizás no lo esté tanto señalar hasta qué punto puede ser importante hacerlo bajo un perfil diferenciado, cuya característica quizás más relevante podría situarse precisamente en el desarrollo y reforzamiento en el proceso de los dispositivos agenciadores de reflexividad y criticidad que, desde el seno de la propia universidad, aseguren que el horizonte último al que apunte la transformación no sea ajeno a los referidos intereses de optimización de las condiciones de la vida común.

Ese debería ser justamente el papel que unas humanidades renovadas habrían de cumplir, en la nueva universidad del conocimiento. No tanto el encastillamiento en la defensa numantina de un repertorio asentado de realizaciones históricas o de valores presuntamente esenciales a la condición humana, -lo que no significaría sino tomar por tales los propios de una tradición específica, histórica y geopolíticamente situada- sino más bien la aportación de herramientas analítico-conceptuales que permitiesen al sujeto de conocimiento relacionarse con las producciones culturales y simbólicas –y no sólo las del pasado, sino muy especialmente las propias de su tiempo- fuertemente armado de cualidades para su recepción, y aún producción, reflexivo-crítica. A la hora de valorar la importancia que para la nueva universidad del conocimiento supondría este reforzamiento de tales dispositivos de autorreflexión no tendríamos entonces que únicamente embarcarnos en cuentas inmediatistas y más o menos ruines, sobre números de matriculaciones o egresados con éxito en los mercados de trabajo, sino, y a partir de una mirada estratégica de mucho más amplio alcance y plazo, considerar serenamente la enorme proyección que para los intereses propios de nuestra universidad podría conllevar su reforzamiento, desarrollo y redefinición. A título de mera enumeración apresurada sin pretensión alguna de exhaustividad, intentaré mencionar a vuela pluma algunas de ellas:

1. Hay un lazo estrecho y evidente entre las disciplinas humanísticas –que, en todo caso, deberían reorientarse precisamente en el sentido de reforzarlo- y las prácticas de producción simbólica y cultural: fortalecer aquéllas necesariamente estimulará el desarrollo de éstas –y no debe olvidarse que el escenario en que las prácticas culturales se desarrollan constituye el más importante sector en crecimiento (el sector de las industrias simbólicas) en las sociedades del capitalismo avanzado. Para un país como el nuestro, cuyo patrimonio y tradición cultural y creativa constituye un activo heredado de indiscutible valor, la inversión en este campo debería contemplarse, pura y simplemente, con carácter de absoluta prioridad estratégica.

2. El reforzamiento de los dispositivos de reflexividad y criticidad que frente a las prácticas culturales han de constituir las nuevas humanidades no sólo redundaría en un aumento cuantitativo de las posibilidades de desarrollo de la producción de nuestras industrias culturales y de contenidos. Sino que, mucho más importante, favorecería su desarrollo de calidad, de excelencia. No parece que otro pueda ser el camino adecuado para orientar la aspiración a ser competitivos en el mercado globalizado de las prácticas de producción simbólica.

3. El reforzamiento efectivo de tales dispositivos de reflexividad favorecerá igualmente las capacidades de desarrollar una recepción crítica y creativa. Ello, que de entrada supone mejorar las condiciones de participación de la ciudadanía en los procesos de transferencia de imaginario social, constituye además la mejor garantía de potenciación de las capacidades de resistencia y respuesta dinámica frente a las posiciones de hegemonía política o económica definidas en el nuevo horizonte de la globalización, en el que las industrias del imaginario colectivo constituyen instrumentos políticamente activos de primer orden (por no decir que, según en qué manos, potencialmente terribles armas de destrucción masiva).

4. El impacto de las nuevas tecnologías está induciendo un crucial proceso de redefinición de las prácticas culturales, modificando en profundidad su sentido y función social –e incluso la forma de su economía, cada vez más articulada en modelos de distribución y consumo inmaterial de desmesurado impacto masivo. La investigación reflexivo crítica en esa intersección cultura – nuevas tecnologías constituye entonces no sólo uno de los terrenos más fértiles en que es hoy por hoy posible estimular la cadena investigación-desarrollo-innovación, sino también la única forma de asegurar que el proceso no quede abandonado en las manos invisibles del mero interés mercantil, cuyo más seguro resultado atravesaría siempre el propio rebajamiento de nivel de las producciones culturales.

5. Por su potencial performativo, las disciplinas que se despliegan como potencias de análisis reflexivo en el ámbito de la producción simbólica y cultural (y se desarrolle éste en el espacio de las narrativas textuales o en el crecientemente decisivo de la visualidad) son catalizadores fundamentales de los procesos de agenciamiento identitario, reguladores efectivos en los procesos de producción de subjetividad y socialización. De ahí que su importancia estratégica tanto de cara a la generación de cohesión social como de cara al refinamiento de la sensibilidad multicultural y el respeto a la diversidad identitaria resulte fundamental.

y 6. En ningún otro lugar mejor que en su espacio cabe pensar las condiciones de reflexividad necesarias para reconocer y someter a crítica la implicaciones prácticas y políticas consiguientes a toda producción (y circulación social) del saber. Que toda producción cognitiva responde en efecto a intereses específicos (de raza, género, dominación cultural o económica, …) y moviliza relaciones de fuerza correlativas es algo bien conocido, como lo es la importancia que consiguientemente tiene el implementar los agenciamientos que hagan posible que tales condiciones e intereses puedan ser elucidados críticamente, enmarcados y situados en su propio despliegue efectivo. Sin esa disposición autorreflexiva, las prácticas de producción de saber no sólo son ciegas a su movimiento, sino también a sus consecuencias prácticas –y que ellas no han obrado siempre en beneficio de la humanidad es algo que, sin duda, resulta de obligada memoria colectiva.

Sin todo ello, sin la mirada autorreflexiva y reguladora que esas humanidades renovadas pueden aportar sobre los procesos sociales de flujo simbólico, la producción de información ni siquiera alcanzaría a ser producción de conocimiento. La universidad podría acaso serlo de la excelencia, pero esa excelencia no se diría de la humanidad, no la potenciaría en su desarrollo y despliegue en la historia. Acaso precisamente el asegurar que esa excelencia en la diversidad sea el resultado último de los flujos informacionales pueda ser la nueva tarea y responsabilidad de las humanidades en la universidad del conocimiento. Cuyo título les sería entonces merecido no tanto –o no sólo- por nombrar el contenido del que tratarían, sino también y además por su contribución a ennoblecer y mejorar la vida del destinatario al que se obligarían, al que, entonces, repondrían de nuevo en la escena de la Historia: humanidades, humanidad.


Enviado por José Luis Brea a las Julio 7, 2005 08:24 AM

Comentarios

Publicar un comentario




¿Recordarme?